viernes, 9 de marzo de 2012

EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS de Germán Pardo García


EL VENDEDOR DE FRUTAS
Y PÁJAROS

Yo soy ese hombre vendedor de frutas
que en las ciudades a las puertas llama,


con su pequeño carro y su burrito
y un pregón musical para que le abran.


Oídme lo que digo, gentes duras,
escuchad mi pregón y mis parábolas:


vengo del monte, de los campos vivos.
Soy un fruticultor de la montaña.


Vendo liebres y tórtolas, limones
y ramas de malvón, vendo naranjas.


Ofrezco almíbar de ciruelas rojas
y blando betabel, vendo guanábanas.


Nísperos doy y fresas y aceitunas
y flores de amarilla calabaza.


Vendo zenzontles, lirios y turpiales
y un mirlo arrullador en esta jaula.


Venid, llegad a mi silbante fronda
que en la ciudad ensombrecida avanza.


Vendo membrillos, uvas y frambuesas.
Acudid a comprar, vendo manzanas.


Pero nadie me escucha y estoy solo.
¿Qué se hicieron los niños que compraban


mis pájaros azules, mis ramitos
de arrayanes y todas mis castañas?


Me siento solo en la ciudad oscura.
Cambiaré mi pregón: ¡vendo esperanza!


Vendo alegría para el mundo, vendo
ternura y amistad para las almas.


¿Quién recibe un manojo de ternura?
¿Quién quiere conocer esta abundancia


cristalina que llevo entre las manos,
y que amistad y corazón se llama?


Vendo espíritu puro, vendo brisas.
Soy un apicultor de las montañas.


Pero nadie me escucha y mis pregones
se estrellan contra el muro de las casas.


La ciudad en las brumas no recuerda
que soy su antiguo compañero. Hay caras


desconocidas para mí y se nublan
cuando paso, portones y ventanas.


Vendo frutas recientes, las más dulces,
y alcatraz y laurel y remolacha.


El eco imperceptible me responde.
nadie más... y mi espíritu se apaga.


Voy a brindar la miel de mis colmenas
a las tímidas liebres y a las cabras,


y mis primicias de algodón al nido
del colibrí y a las palomas blancas.


La ciudad en las brumas me desprecia.
Soy su vulgar jardín sucio de cáscaras.


No se puede ofrecer frutas y alondras
a un mundo sanguinario que fracasa.


No se puede llevar lirios al pecho,
porque otros lucen homicida espada.


¡Adiós, adiós, me voy con mis jilgueros,
mis frutas y mi olor a mejorana!


Ya nadie me conoce. ¡Adiós, amigos!
Vendo ciruelas, nueces y guayabas.


En el reloj de la vecina torre
suena la una de la madrugada.


¡Qué soledad! Mis pájaros sollozan
y no he vendido ni siquiera un ánsar.


Y yo creyendo que era el mediodía,
y era mi corazón el que irradiaba.


Mi abierto corazón de niño grande,
vendedor de avecillas y balsáminas.


Ahora lo comprendo: era mi espíritu.
Soy una claridad entre fantasmas.


Me circundan espectros de otros mundos.
Seres que conocí surgen y me hablan


desde el fondo apacible de otros días,
y les vuelvo a decir: ¡vendo naranjas!


Me miran y se alejan y se ocultan
otra vez en las sombras asordadas.


Yo empuño un sol nocturno y en su esfera
le signo un ruiseñor con ojos de águila.


Y me pregunto: ¿qué hago yo a estas horas
con un carro de flores y calandrias?


¿Por qué esta oscuridad, por qué hay tinieblas
siempre en nosotros, siempre agazapadas?


¡Ah mi espíritu simple que transforma
las penumbras en luz, y entre sus lágrimas


suelta un barquito de papel y dice
que él es el capitán de aquella barca!


¡Ay del que ignora que jugó y fue niño!
¡Ay del que vive lejos de su infancia!


Mas, ¿qué hacer con los sueños que yo tuve
y en dónde ir a soñar los que me faltan?


¿Cuándo seré más hombre y menos niño?
¿Cuándo tendré la voluntad forjada


a golpes de cincel como ese obrero
que en túneles sin luz vive y trabaja,


o como el panadero que en la boca
del horno abrasador curte las masas


y el brazo leudador hunde en el gluten
y de la cueva renegrida saca


panes alimenticios y reservas
que el hombre necesita en su morada?


¿Cuándo me dejaré de estar creyendo
que no hay dolor y que las piedras cantan?


¿Cuándo voy a entender que entre los bosques
un tigre sideral bruñe sus garras?


¡Qué torpeza!... y me burlo de mí mismo.
¡Luz y penumbra... y no diferenciarlas!


¡Pobre de mí que nunca he comprendido
lo que dice mi perro en sus alarmas!


Él si sabe, él sí escucha y él sí ha visto.
¡Me estremecen sus cósmicas miradas!


Va certero a sus presas y adivina
dónde está el escorpión y a qué distancia.


Pero a mí se me oculta siempre el mundo
¡y qué equivocaciones tan extrañas!


¡Vender turpiales a la media noche
y por una ciudad abandonada!


¡Oh discordantes sumas de mis cifras!
¡Oh divino ignorar de mi ignorancia!


Mi burrito se acuna y en sus sueños
por las estrellas inocentes vaga,


y las Siete Cabrillas en sus rondas
lo hacen girar con músicas y danzas.


¡Qué soledad!... mis pájaros suplican
y se me parte contra el mundo el alma.


Vendo azucenas, higos y nopales,
doradillas y tallos de linaza.


Mas ya me voy con mi burrito triste,
mi viejo carro y mis cantoras jaulas.


¡Adios, adiós, me voy hacia las brisas!
Ya nunca volveré... o quizá mañana,


si la luna y el sol no se equivocan
y mis sentidos de juglar no fallan.


En el reloj de la vecina torre
timbra el vacío de la madrugada.


Vendo gladiolas y orozuz y alpiste
y aretillos y anís...¡vendo esperanza!

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