UTENSILIOS DE TRABAJO
Mirad mis utensilios de trabajo.
Son humildes: cualquier cosa del suelo.
Carbón para escribir, húmedo velo
de retamas y un poco de cascajo.
Con ellos cumplo mi labor de abajo.
Dura labor, pero mi afán de vuelo
se apoya en estas cúpulas de cielo
convertidas en piedras del atajo.
Volverlas a las nubes es mi culto.
Por ello siempre se me escucha oculto
sacando estrellas de la roca viva.
Cada golpe que doy alza algo inmenso,
dejándome el espíritu suspenso
sobra otra inmensidad definitiva.
sábado, 20 de octubre de 2012
domingo, 27 de mayo de 2012
INVOCACIÓN A LA NOCHE de Germán Pardo García
INVOCACIÓN A LA NOCHE
Separa de mi ser todo elemento
que la materia a su pesar inclina,
y envuélveme en tu acuática neblina
dejándome desnudo el pensamiento.
Indúceme al jardín donde el aliento
Se satura de estrellas y la harina
que el molino ennoblece y aglutina,
convierte en desnudez su sedimento.
¡Pensar! Y que mis sienes escarpadas
cintilen como antenas capturadas
por la luz electrónica de un rito
donde la Eternidad piensa desnuda,
sin Dios, sin mente, sin piedad ni duda
ni el gran dolor del pensamiento escrito.
LOS HOMBRES DEL DESIERTO de Germán Pardo García
LOS HOMBRES DEL DESIERTO
Los hombres del Desierto somos raíz del Génesis.
Como la Esfinge, ocultamos las claves de Sumer.
Desde antes de Aristóteles
conocíamos los arcanos de las plantas.
Amarillos, iguales a la arena,
nadie ha visto jamás nuestro color.
Caminamos lentamente. No se sabe
que nuestra lentitud es un proceso de los siglos.
Cuando encendemos una luz en nuestras casas,
Nuestras palabras triples cantan sin decirlo
dónde está la escritura salvada del naufragio,
las postreras resinas misteriosas
y el sentido secreto de los cultos.
Si nos invitan a la mesa de los príncipes,
al separarnos queda en los asientos
un polvo que no es humus ni ceniza.
Al gustar de los panes que comemos,
al beber del licor de aquellas copas,
hallamos el legítimo sabor de los manjares
y la transformación de1 hidrógeno en las ánforas.
Los diáconos no pueden en los templos
responder nuestras áridas preguntas,
ni encender los rituales holocaustos
de nuestras tribus en el yermo astral.
Tú que me estás oyendo, quédate mudo, absorto.
Si me voy no vigiles a qué sitio me alejo.
Lo que busco está próximo, a unas pocas miradas.
Pero los hombres del Desierto, cuando partimos hacia nosotros,
a pesar de estar cerca, nunca, nunca llegamos.
sábado, 14 de abril de 2012
UN HOMBRE VUELVE AL MAR de Germán Pardo García
UN HOMBRE VUELVE AL MAR
Lanzo mi cuerpo a trascender sobre la playa,
cual si fuera un atún al que asedia el pelícano.
Fracasó mi fabular terrestre.
No pude traducir el silabario de las orugas
y le rondo mis vínculos al mar.
Esquivo el mundo, salival espejo
donde están los escándalos mirándose;
el amor y su artilugio de serpiente
deslizándose voraz por nidos de palomas;
el odio en la desnudez de las espadas
y el corazón y sus saltos de canguro.
Incendié mi campamento de beduino,
mi tolda de traficante vagabundo
que permutó batracios por estrellas,
y me confío al árbol genealógico del agua.
Fraternicé con los dorados tulipanes
y vertí en campesinos atanores
rocío a los helechos pubescentes.
Clamé que soy el taumaturgo que transforma
los linfáticos sueros y conjura
la aparición del cáncer en el alma.
Que soy hijo de alondras y mis coros
resonar de volcanes apagados.
Mi divina simulación aquí concluye,
frente a los jeroglíficos del mar.
Cuando desaparezca de esta playa
decid: era el hermano natural de las esponjas,
el gemelo sinuoso de los pulpos,
el amante sexual de las madréporas
y el árbitro salar de las tortugas.
Ya no estaré con mi fulgor de azufre,
mas sí en identidad de nave líquida.
Decid entonces: vino a confundirse
con su placenta de potasio y yodo
v a conocer a su violento padre.
En la ribera se vistió de lluvias.
¡Era de agua y lo retiene el mar!
PARAISO PERDIDO de Germán Pardo García
PARAISO PERDIDO
Fui en esa casa el hijo bienamado.
Cuando los otros niños se alejaban
a cazar mariposas en el bosque,
yo quedaba en silencio, paralítico,
cual otra mariposa aprisionada
bajo la intimidad de una alacena.
Viví a la orilla del sepulcro, oyendo
devorarse a sí misinos los gusanos,
y adquirí desde entonces un sentido
larval de la existencia y de las cosas.
Al que la muerte besa desde niño,
será siempre un cadáver transeúnte.
Mi padre me acunaba y me decía:
¿cuándo vas a volar, hijo del aire?
Y al fin abrí las alas dolorosas.
Hoy tengo setenta años. Ya no existe
mi padre; y en la casa, único huésped,
el frío lastimero la transita.
Mas he vuelto y clamado: soy el águila
que retorna a morir donde naciera.
Estos muros son míos. Estas ruinas
por derecho natal me pertenecen.
Mi padre me las dio en su testamento,
y a la vez un turpial y un gallo mudo.
Yo soy el albañil de estas paredes
y el mezclador de cal y el hortelano.
Y quise entrar, sentarme en esos quicios,
comer lo que sobrara de esas frutas
y restaurar las duelas amarillas.
Mas un ángel nocturno v silencioso,
bajo la faz de un perro amenazante,
desnudó las espadas de sus dientes
y me negó la entrada al paraíso.
EL HOMBRE ABEJA de Germán Pardo García
EL HOMBRE ABEJA
Mirábanle salir de su casa lacustre
fija al pie de un gran monte sereno
de su natal país, allá en el sur.
Siempre guardó el sigilo
de sus fugas cinegéticas,
pues se creyó que salía en busca
de la azul cornamenta de algún ciervo
o de la carne de una codorniz.
No supo nadie que él tenía su colmenar propio,
por él mismo labrado con fragantes ceras,
y que en sus doradas cápsulas
y que en sus doradas cápsulas
él mismo destilaba frutal licor.
Le vieron muchas veces
inclinarse sobre las flores,
y pensaron que las amaba
como ninguno antes allá.
Les succionaba el néctar con ternura
y vertía sus dulces bálsamos después.
Desapareció algún día. Jamás lo recordaron.
Cuando volvieron a encontrarle
destilaba desde sus sienes
otro licor más hondo en el papel.
Os doy testimonio
de haber conocido a este hombre-abeja
en su profundo colmenar, allá en el sur.
viernes, 9 de marzo de 2012
EL VENDEDOR DE FRUTAS Y PÁJAROS de Germán Pardo García
EL VENDEDOR DE FRUTAS
Y PÁJAROS
Y PÁJAROS
que en las ciudades a las puertas llama,
con su pequeño carro y su burrito
y un pregón musical para que le abran.
Oídme lo que digo, gentes duras,
escuchad mi pregón y mis parábolas:
vengo del monte, de los campos vivos.
Soy un fruticultor de la montaña.
Vendo liebres y tórtolas, limones
y ramas de malvón, vendo naranjas.
Ofrezco almíbar de ciruelas rojas
y blando betabel, vendo guanábanas.
Nísperos doy y fresas y aceitunas
y flores de amarilla calabaza.
Vendo zenzontles, lirios y turpiales
y un mirlo arrullador en esta jaula.
Venid, llegad a mi silbante fronda
que en la ciudad ensombrecida avanza.
Vendo membrillos, uvas y frambuesas.
Acudid a comprar, vendo manzanas.
Pero nadie me escucha y estoy solo.
¿Qué se hicieron los niños que compraban
mis pájaros azules, mis ramitos
de arrayanes y todas mis castañas?
Me siento solo en la ciudad oscura.
Cambiaré mi pregón: ¡vendo esperanza!
Vendo alegría para el mundo, vendo
ternura y amistad para las almas.
¿Quién recibe un manojo de ternura?
¿Quién quiere conocer esta abundancia
cristalina que llevo entre las manos,
y que amistad y corazón se llama?
Vendo espíritu puro, vendo brisas.
Soy un apicultor de las montañas.
Pero nadie me escucha y mis pregones
se estrellan contra el muro de las casas.
La ciudad en las brumas no recuerda
que soy su antiguo compañero. Hay caras
desconocidas para mí y se nublan
cuando paso, portones y ventanas.
Vendo frutas recientes, las más dulces,
y alcatraz y laurel y remolacha.
El eco imperceptible me responde.
nadie más... y mi espíritu se apaga.
Voy a brindar la miel de mis colmenas
a las tímidas liebres y a las cabras,
y mis primicias de algodón al nido
del colibrí y a las palomas blancas.
La ciudad en las brumas me desprecia.
Soy su vulgar jardín sucio de cáscaras.
No se puede ofrecer frutas y alondras
a un mundo sanguinario que fracasa.
No se puede llevar lirios al pecho,
porque otros lucen homicida espada.
¡Adiós, adiós, me voy con mis jilgueros,
mis frutas y mi olor a mejorana!
Ya nadie me conoce. ¡Adiós, amigos!
Vendo ciruelas, nueces y guayabas.
En el reloj de la vecina torre
suena la una de la madrugada.
¡Qué soledad! Mis pájaros sollozan
y no he vendido ni siquiera un ánsar.
Y yo creyendo que era el mediodía,
y era mi corazón el que irradiaba.
Mi abierto corazón de niño grande,
vendedor de avecillas y balsáminas.
Ahora lo comprendo: era mi espíritu.
Soy una claridad entre fantasmas.
Me circundan espectros de otros mundos.
Seres que conocí surgen y me hablan
desde el fondo apacible de otros días,
y les vuelvo a decir: ¡vendo naranjas!
Me miran y se alejan y se ocultan
otra vez en las sombras asordadas.
Yo empuño un sol nocturno y en su esfera
le signo un ruiseñor con ojos de águila.
Y me pregunto: ¿qué hago yo a estas horas
con un carro de flores y calandrias?
¿Por qué esta oscuridad, por qué hay tinieblas
siempre en nosotros, siempre agazapadas?
¡Ah mi espíritu simple que transforma
las penumbras en luz, y entre sus lágrimas
suelta un barquito de papel y dice
que él es el capitán de aquella barca!
¡Ay del que ignora que jugó y fue niño!
¡Ay del que vive lejos de su infancia!
Mas, ¿qué hacer con los sueños que yo tuve
y en dónde ir a soñar los que me faltan?
¿Cuándo seré más hombre y menos niño?
¿Cuándo tendré la voluntad forjada
a golpes de cincel como ese obrero
que en túneles sin luz vive y trabaja,
o como el panadero que en la boca
del horno abrasador curte las masas
y el brazo leudador hunde en el gluten
y de la cueva renegrida saca
panes alimenticios y reservas
que el hombre necesita en su morada?
¿Cuándo me dejaré de estar creyendo
que no hay dolor y que las piedras cantan?
¿Cuándo voy a entender que entre los bosques
un tigre sideral bruñe sus garras?
¡Qué torpeza!... y me burlo de mí mismo.
¡Luz y penumbra... y no diferenciarlas!
¡Pobre de mí que nunca he comprendido
lo que dice mi perro en sus alarmas!
Él si sabe, él sí escucha y él sí ha visto.
¡Me estremecen sus cósmicas miradas!
Va certero a sus presas y adivina
dónde está el escorpión y a qué distancia.
Pero a mí se me oculta siempre el mundo
¡y qué equivocaciones tan extrañas!
¡Vender turpiales a la media noche
y por una ciudad abandonada!
¡Oh discordantes sumas de mis cifras!
¡Oh divino ignorar de mi ignorancia!
Mi burrito se acuna y en sus sueños
por las estrellas inocentes vaga,
y las Siete Cabrillas en sus rondas
lo hacen girar con músicas y danzas.
¡Qué soledad!... mis pájaros suplican
y se me parte contra el mundo el alma.
Vendo azucenas, higos y nopales,
doradillas y tallos de linaza.
Mas ya me voy con mi burrito triste,
mi viejo carro y mis cantoras jaulas.
¡Adios, adiós, me voy hacia las brisas!
Ya nunca volveré... o quizá mañana,
si la luna y el sol no se equivocan
y mis sentidos de juglar no fallan.
En el reloj de la vecina torre
timbra el vacío de la madrugada.
Vendo gladiolas y orozuz y alpiste
y aretillos y anís...¡vendo esperanza!
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