jueves, 30 de diciembre de 2010

EL ARBOL QUE NO AMA de Germán Pardo García

EL ÁRBOL QUE NO AMA

Así: vara gramínea que trunca se rompe.
Así: mujer yacente sobre unos fríos paños.

Amor no me inclinaba a rozar tus mejillas
con mis dedos arbóreos.
Los hombres-árboles ignoramos el amor. Y soy costra,
raíces, carnario ranúnculo.
Amor no fue. Un instinto vegetal solamente.
Una vaga conciencia de roble flexionándose
sobre algo que fue suyo: las hojas, la seca semilla.

Así rocé tu cuerpo, su lumbre de extinguidos relámpagos,
de rescoldos distantes.

Y te amé, subyacente, como el árbol que no ama.

martes, 21 de diciembre de 2010

FUNERALES DE MI PADRE de Germán Pardo García

FUNERALES DE MI PADRE


Al frente de tus verdaderos funerales
caminaba con lentitud un potro entristecido.
Venados sementales conducían el féretro
y te daba su protección una escolta de nubes.
Así, padre, agricultor, agreste caudillo magnánimo,
saliste de la vida para ingresar a un mundo
de sordas voluntades y fúnebres cosechas.
Un mundo apenas sensible al peso de la luz y a los luceros actuantes,
mas receptor potente del carbono
y organizador de toda vegetal arquitectura.
Es verdad que en las antiguas catedrales se enlutaron los órganos
para llorar por ti yacente.
Es verdad que un minuto de silencio
cruzó como huracán secando tu enérgica ceniza.
Pero tus funerales legítimos pasaron
con su escuadrón atónito de verdes estandartes,
al pie de un bosque azul, cerca de un valle colonizado
por cuchillos de atletas leñadores,
y bajo el sol cargado de sílices violentos.

No te despedías, no, de primaveras excitantes
en su anular asalto de sueños rojos y de espumas altas.
No te despedías, no, de vientos insaciados,
ni del zumbido labidental de las colmenas
circunvalando casas y árboles.
Ibas a conocer la vida con tu rostro, ya levemente subte­rráneo,
en sus mismos orígenes;
allá donde los ojos son aguas ciegas que aún ignoran
la rotación de las imágenes,
y las manos oscuras formas que empiezan a moverse
dotadas de raíces
ávidas de tocar volúmenes que están sobre la tierra.

Tu voz congregodora de rebaños
no estaba ausente. El eco montañoso
guardábala en su pecho de piedra carcomida.
Y en el instante en que tu ser tocaba
la arcilla para ser un huésped misterioso
de todo lo que se hunde, para siempre,
la soltó como viento inolvidable
que hizo temblar las cumbres, estremeció cavernas
y levantó cervices de bestias que escucharon
el último alarido del proscrito.

Dejaste testimonios de ti que sólo un hombre
salubre como tú nos lega y nos confía.
Parcelas cultivadas; almácigos; columnas;
terrenos de reserva y acequias entregándose.
Dejaste tu bastón unánime de mando;
tu rústico sombrero; tus botas de campaña
y el libro de botánica rural en que leías.

Así tus funerales que presidió la tierra
y emocionó con su lamento un río.
Ninguna esclavitud acompañándote.
Tan sólo libertad de tierra y cielo.
Desde entonces yo miro con amargura la montaña
del lado en que partiste.
Quedó en su verde flanco vacío semejante
al que abren los encinos patriarcas de la selva
cuando su enorme cuerpo se desploma.

Todo fue grande y puro para tu firme tránsito.
No la consumación sino el comienzo.
Jamás la sumisión sino el dominio.
Las hostias vegetales elevándose
en custodias de greda incombustible.
El ladrillo quemándose en los hornos
para cubrir tu noble sepultura.
La claridad del universo defendiéndote
de toda oscuridad en el espíritu.
Y allá, muy lejos, sin poder mancharte,
los territorios donde el hombre aguarda
ser desclavado de su cruz de acero,
no por arcángeles falsarios o nubes penitentes,
sino por un ejército de caras musculares
que en sus hombros conduce las banderas agrícolas.

Así fue tu trabajo afirmativo:
calcular el rendimiento de los surcos
que han de llenar las venideras trojes.
Ser piloto del aire que disuelve
la tempestad y brinda la llanura
como un estadio ante el brutal galope.
Ser un arado, un yugo, una coyunda,
y conocer como silvestre obrero,
más que el espacio la potasa arbórea;
más que la luz el corazón del trigo.

Y porque fuiste así, rotundo y fiel a tu sabiduría agraria
opuesta a la disgregación y al exterminio;
porque solías reposar en pieles de cordero
o en maderas mullidas con manojos;
porque bebiste el agua en cálices de barro
y te sentaste a humilde mesa sin manteles;
porque tuviste mansedumbre de humanizado toro
y voluntad conquistadora;
porque te desbordaste como río sobre el terrón hambriento;
porque fuiste conductor de aserradoras gentes
y zapador de sedentarias minas,
yo te proclamo capitán adusto
de estirpes labradoras y pecuarias;
me interno en las montañas que amaste; corto un gajo,
el más lleno de zumos y resinas,
y construyo con él una espada de roble
que dejo entre tus manos de campeón dormido.

jueves, 16 de diciembre de 2010

VEJEZ DE UN HÉROE de Germán Pardo




Esta vez no fue al campo de las grandes batallas.
Desalojado estuvo de allí su hermoso cuerpo
de estremecidas ancas y musculado tórax.
Taciturno camina por la tierra de nadie.
La tierra ha vuelto a ser de nadie.
Él lo entiende y camina por la tierra de nadie.
Tal vez oye el clamor de insólitos clarines
y el galopar de la caballería.
Sus crines están blancas y él es un héroe oscuro.
Les roe a los caminos raquítica pastura.
Detiénese
indeciso,
y se regresa
y se va por la tierra que volvió a ser de nadie.

Asciende a una colina para ver el crepúsculo,
ese gran compañero del hombre solitario
y de la bestia sola.
En sus cansados ojos quizá vagan imágenes
de rápidos lanceros y libres pabellones,
y el sol prende en su pecho un brillo adusto,
semejante al estigma de las crueles victorias,
y al esplendor de agónicos retablos
donde habitan figuras suplicantes,
doradas por el fuego del martirio.

YO NO SOY UN SOLDADO de Germán Pardo García

YO NO SOY UN SOLDADO

Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
Cuando los batallones que volvieron, o van a la guerra,
cruzan por las ciudades y asorda el golpe del tambor,
yo estoy entre las gentes más humildes confundido, viendo atónito
los estandartes y la deslumbradora fusilería;
entre las gentes más humildes confundido,
viendo los batallones desfilar.
Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
Alguna vez en mis evasiones trasatlánticas,
vi un acorazado lleno de rumorosa infantería partir.
Sus cañones iban a bombardear abedules y pueblos.
Batían el talud las olas cual multitudes amotinadas.
La confusión del mundo estaba en cruz.
Y sentí descender sobre la oscuridad otra oscuridad más densa,
cuando el acorazado zarpaba lentamente hacia la destrucción.
Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
Mi espíritu no tiene zonas arduas ni planisferios iracundos.
Soy un país apenas defendido por álamos y tilos.
Creo en la resurrección de los ruiseñores,
y con profundas manos alfareras
construyo en las orillas del rocío
universos de alondras y cristal.
Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
¡Cómo entender la sangre que mancilló la sien de las estrellas
y la inmisericordia del huracán, o de algo que en los hombres
es semejante al huracán.
Mi heroísmo es de brisas y de nubes magnánimas
y caigo de rodillas cuando la luz padece.
Tal vez soy de luz misma, o la conduzco y la defiendo
desde la consternada simplicidad de mi corazón civil.
Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
Mi ansiedad es un ciervo que el sonido emociona.
Viva playa
que un grupo de comandos apróntase a invadir.
La tierra en esas costas tiene intenso color de piel humana
y el valle se confía como ciudad abierta.
Los inocentes árboles en el pecho lucen su hoja escapulario
y los pequeños cereales son de ternura y amistad.
Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
Mas, cual los capitanes que en la sombra enumeran
los rostros de sus héroes al fulgor de indeciso vivac,
salgo nocturno y solo a recorrer mis campos de batalla
y a colocar en el sepulcro de lo Desconocido
invisible corona,
mientras un clarín de acentos sumergidos, imaginarios,
toca para mis muertos anónimos postrera marcha funeral.
Yo no soy un soldado. Yo no soy un soldado.
Cuando los batallones que volvieron o van a la guerra
cruzan por las ciudades y asorda el golpe del tambor,
yo estoy entre las gentes más humildes confundido, viendo atónito
los estandartes y la deslumbradora fusilería;
entre las gentes más humildes confundido,
viendo los batallones desfilar.

YO SOY AQUEL de Germán Pardo García


No me juzguéis porque mi cuerpo duro
de intensas cicatrices limpio se halla.
Yo soy el que está muerto en la batalla.
El trucidado contra el torpe muro.

Perdí las manos y vivir procuro
sin pies y caminar por donde estalla
diariamente el dolor del que se calla
para sobrevivir solo y oscuro.

Yo soy el jardinero ametrallado.
El pobre jornalero que resiste
siempre a su yugo mineral atado.

No me juzgues por mí, tú que me oíste
cantar sobre el azul acantilado.
Soy aquél hombre comunal y triste.

NOCTURNO MENOR de Germán Pardo García

NOCTURNO MENOR

He olvidado. Es verdad. He olvidado con extraño olvido.
Hay hombres que olvidan como lo hacen todos los seres,
y apenas si vuelven los rostros para ver lo que amaron o aman.
En ellos está escrita la palabra nunca,
o siempre,
y ¡adios! les gritan desde acantilados tempestuosos.
Atrás sufren habitaciones con esfigies que luego se borran.
En las paredes ocultos rastros y en las páginas de los libros
flores que viven existencia de disecada sangre,
con olor a disueltos jardines y a cutáneos aromas.
Yo nada tengo que olvidar. En mi casa no hay ausentes
que habiten
el cuerpo de las horas.
No hay señales de seres amados y las páginas
de mis libros antiguos carecen de fechas como algunos
sepulcros.
Detrás de mí no quedan bosques más hermosos cuando el otoño
con las últimas lluvias del verano los lava.
Cuando yo muera no habrá recuerdos míos custodiándome
ni devolverán las aguas tanta cosa mía hundida.
Aun así olvido. Lo siento mientras escribo este nocturno
como un ciego que pinta con carbón su nombre en las murallas.
Olvido. Es verdad. Olvido extrañamente
y cuando salgo en busca de cuerpos y de formas
para recordarlos,
revivirles
y amarles,
camino entre la sombra y las piedras se vuelven
como algodón negro que se hunde debajo de mis plantas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

MANOS DE UN HOMBRE de Germán Pardo García

MANOS DE UN HOMBRE


Manos de las tormentas, pero mudas;
del silencio tapiado, pero activo;
quitándole al segundo fugitivo
tiras de nervios, crápulas desnudas.

En la sombra, contráctiles, ganchudas
como hambrientas tarántulas, cautivo
dejan mi corazón imperativo,
de su silencio y amenazas rudas.

Siempre en el arrebato y cabalgantes;
insaciadas, me sirven para cosas
inmundas o sublimes de la vida.

Manos sordas y ciegas y escarbantes;
profanando paredes misteriosas;
buscando una evasión, una salida.